El agua del grifo que la mayoría de los usuarios consumen en España es de mucha calidad. Sin embargo, son muchos los que optan por comprarla embotellada, pensando que sus propiedades son mejores. Sin embargo, ¿es esto cierto?

La legislación sobre el agua es muy estricta, explica Ana Troncoso, catedrática del Departamento de Nutrición y Bromatología, Toxicología y Medicina Legal de la Universidad de Sevilla. “Se considera agua mineral natural la que proviene de manantiales naturales, que están registrados por la Agencia Española de Seguridad Alimentaria, que ejerce un exhaustivo control y cuenta con una normativa específica sobre la tolerancia máxima permitida de minerales, microorganismos, microbacterias y radioactividad”, prosigue. Además de las aguas minerales naturales existen en el mercado otros tipos de aguas embotelladas en las que los requerimientos son menores: aguas de manantial y aguas potables preparadas. La OCU recuerda que “sólo se consideran aguas minerales naturales las procedentes de manantiales subterráneo con una composición mineral constante”. En este tipo de aguas “están prohibidos los tratamientos de higienización, como la cloración que se realiza en el agua de grifo”.

“Además de las aguas minerales naturales existen en el mercado otros tipos de aguas embotelladas en las que los requerimientos son menores: aguas de manantial y aguas potables preparadas.”

El cloro se añade al agua de abastecimiento urbano para garantizar su potabilidad y puede producir un sabor y olor desagradables, aunque esto se evita fácilmente dejando el agua en una jarra durante una hora. Precisamente, en este sentido, este tipo de tratamientos pueden ser fundamentales. “Existen aspectos importantes aún sin legislar, como la presencia de residuos de medicamentos persistentes en el agua”, reconoce Troncoso.

Un estudio de la Universidad de Sevilla y del Centro Nacional de Aceleradores sobre 32 marcas de agua mineral determinó que las concentraciones de polonio radiactivo en algunas muestras superaban en más de 100 veces al encontrado en el agua del grifo, aunque siempre por debajo de valores de riesgo para la salud. Se trata de un isótopo que se presenta de forma natural en el agua, el suelo y la atmósfera, pero que cuando se acumula en el hígado, el bazo, los riñones o la médula puede originar daños celulares.

Además, “algunas marcas, bajo el mismo nombre, ofrecen aguas de distintas procedencias“, advierten desde la OCU, al tiempo que critican que “a pesar de que el fabricante está obligado a indicar el manantial de procedencia, claramente y de forma destacada, no siempre lo hace así”. Por eso, desde la OCU recomiendan el agua del grifo como “la mejor opción para hidratarse”.

Tampoco toda el agua potable que se distribuye por las redes urbanas tiene la misma calidad, aunque toda ella sea apta para el consumo. Las diferentes concentraciones de calcio y magnesio, por ejemplo, la hacen más o menos agradable de sabor y más o menos perjudiciales para según qué usuarios.

“La única manera, por tanto, de saber si el agua del grifo es mejor que el agua embotellada es conocer los estudios de calidad de las empresas municipales abastecedoras pero, sobre todo, leer bien las etiquetas de las aguas envasadas antes de elegir una marca.”

En el caso de Sevilla y su área metropolitana, en condiciones normales (es decir, exceptuando los periodos graves de sequía), la calidad del agua distribuida es muy alta. La empresa distribuidora, Emasesa, se planteó incluso venderla envasada, aunque la iniciativa acabó siendo un fiasco pese a una costosa campaña de promoción. En definitiva, no dejaba de ser agua del grifo ‘aromatizada’ en una botella de diseño.

La única manera, por tanto, de saber si el agua del grifo es mejor que el agua embotellada es conocer los estudios de calidad de las empresas municipales abastecedoras pero, sobre todo, leer bien las etiquetas de las aguas envasadas antes de elegir una marca. Así, las aguas de mineralización muy débil, con muy pocas sales disueltas, son diuréticas y adecuadas para personas con problemas crónicos de piedras en el riñón, mientras que para personas con riesgo de hipertensión se recomiendan aguas con bajo contenido en sodio.

No se deben rellenar las botellas de plástico

Es una costumbre generalizada. Reutilizamos botellas de plástico para rellenarlas de agua del grifo una y otra vez. Sin embargo, esta práctica puede no ser muy recomendable, ya que estos envases llevan un compuesto, el bisfenol-A, que se va desprendiendo en el agua con el tiempo de uso y que puede ser perjudicial para la salud.

“Es un contaminante muy controvertido. Se usa en el envasado de agua, alimentos y otros productos y de hecho, pese a que no existe una prohibición expresa de uso por las autoridades pertinentes, sí se ha aplicado el principio de precaución a la espera de nuevos análisis, de forma que este componente ya no puede estar presente en plásticos para alimentos destinados a lactantes, como los biberones”, prosigue Ana Troncoso, ex directora ejecutiva de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición.

Se trata de un aditivo para plásticos rígidos, como botellas, juntas de latas o tarros y al que nos exponemos, por ejemplo, a través del consumo de agua envasada. “Otros países están más avanzados en este campo y ya lo han prohibido, como en Dinamarca”, asevera Troncoso.

Un estudio del profesor de toxicología, Chris Winder, de la Universidad Católica de Australia, publicado por la revista científica In Future, señala que este contaminante podría tener consecuencias como trastornos en el sistema reproductivo, sistema nervioso central, tiroides, obesidad, hipertensión o diabetes.

Las botellas de plástico constituyen, además, un importante problema mediambiental cuando no se reciclan adecuadamente.

Fuente: diario “El Mundo”

Pilar Macías

Fotografía: Esther Lobato

http://www.elmundo.es/andalucia/2015/06/27/558a8cec22601d8f5d8b4578.html