Aprovechar la última comida del día para “conectar” con los hijos y pasar un buen rato en familia es el consejo que da Gemma Salvador, dietista-nutricionista de la Agencia de Salud Pública de la Generalitat de Catalunya.

Niños que boicotean cualquier alimento con fama de saludable por preferir las pizzas, salchichas de Frankfurt y zumos. Pequeñajos que oyen campanas y que con 8 años recién cumplidos se declaran rebeldes con causa culinaria. Adolescentes que rechazan comer los mismos alimentos que sus familiares sin que se sepa exactamente el porqué. Y para colmo, toneladas y toneladas de deberes.

“Nuestros hijos dedican demasiado tiempo a hacer los deberes y esto, en la práctica, se traduce en menos horas de juego y en menos cenas familiares.”

“Es muy importante recuperar las principales comidas como un espacio de trasmisión de valores”, indica Gemma Salvador, quien, como tantas otras pioneras de la nutrición, se diplomó en la Universidad de Nancy (Francia). “Y hacerlo desde el minuto uno, porque cuando los hijos ya son adolescentes cuesta muchísimo más”, avisa esta dietista que desde 1987 trabaja en el Área de Promoción de la Salud de la Agència de Salut Pública de Catalunya, al margen de formar parte de la junta directiva de la ONG “Nutrición sin Fronteras”.

“Hoy día –prosigue– es muy habitual darles de comer primero a ellos y luego cenar nosotros. Esto equivale casi a ver la cena como un problema que hay que quitarse de encima lo antes posible. Pero dar de comer a los niños no es como hacer la cama, sino que es algo muy distinto: es una oportunidad para comunicarse con ellos. Por este motivo, mi consejo es dejar de afrontar las cenas como si fueran una obligación más”.

“Recuperar la cena en familia puede llegar a ser una buena herramienta para prevenir el sobrepeso, la obsesidad y otros trastornos alimentarios”

Respecto a la manera de ganarse a los hijos para que el plan les parezca divertido y atractivo, Salvador opina que lo mejor es convertirlos en pinches y cómplices, encomendándoles que ayuden a enharinar el pescado o a montar la ensalada, por ejemplo. “Para los niños, ´merdejar´  y ´potinejar´ (esto es, manipular cosas, jugar con las texturas y ensuciarse) siempre es divertido”, sonríe.

En resumen: aunque la “cenología” es una ciencia difusa, recuperar para la familia este momento del día puede llegar a ser una buena herramienta para prevenir el sobrepeso, la obesidad y otros trastornos alimentarios. Y no solo eso, también puede servir (siempre que no haya teléfonos móviles y televisiones de por medio) para conversar con los hijos sobre cualquier cosa, tenga o no tenga que ver con la comida.

Antonio Ortí

Fuente: Comer o no comer

http://comeronocomer.es/el-consejo/menos-deberes-y-mas-cenas-en-familia