Qué tienen en común la leche, el café, los refrescos, el azúcar, los aditivos, el huevo o el chocolate? Todos son productos de consumo básico, diarios, necesarios, y, para bien o para mal, al igual que muchos otros dependen cada vez más de lo que el consumidor conoce de ellos, el problema es que en los últimos años han aumentado los bulos sobre la alimentación y sus efectos sobre la salud.

Al final, un alimento vale lo que vale su reputación, una opinión favorable o negativa puede aumentar sus ventas o destruir su consumo, pero detrás de lo que se conoce, informa o publicita no siempre hay una información veraz o rigurosa, es aquí donde la alerta se hace necesaria y la educación nutricional es básica.

El aumento de información a través de los nuevos ‘mas medias’ y redes sociales ha incrementado la información, una información cada vez más demanda porque “el consumidor esta ahora muy interesado en la relación entre alimentación y salud”.

En los últimos años, ante el consumidor se ha abierto un abanico de posibilidades; bulos, mitos y medias verdades sobre alimentos de consumo se mezclan con estudios rigurosos, basados en la evidencia científica, ampliamente contrastados en lo referente a la seguridad del producto y sus propiedades.

Datos de la Asociación de Internautas sobre bulos y fraudes en Internet deja visible que hasta un 97,2% de los internautas los sufren, siendo los que más se repiten los relacionados con la salud y la alimentación; mientras, un reciente estudio sociológico realizado en marzo 2013 por Myworld, confirma que ante una noticia negativa sobre alimentación el 39% de los consumidores se platean dejar de consumir los productos o dejan de consumirlos y hasta un 80% comenta la noticia con el entorno.

¿AFECTA A LA SALUD?

De sobra son conocidas las informaciones contradictorias sobre productos como el huevo, vilipendiado durante años por un erróneo conocimiento en su relación con el colesterol; el chocolate, un placer prohibido para las dietas dependiendo de dónde se lea la información; la carne roja, un alimento necesario por su alto contenido en hierro que últimamente relacionan- siempre hablando desde el abuso- con una mayor incidencia en el riesgo cardiovascular e incluso en el cáncer.

Un ejemplo claro y extendido es aquel que destaca las propiedades del limón para matar las células cancerosas, asemejándolo con la quimioterapia.

A mayor escala ocurre con las dietas, que proliferan en blogs, redes sociales y webs  sin una sola referencia científica. El problema es que en temas de alimentación con quien se contrasta no es con el médico, normalmente se hace con un amigo, la familia e Internet.

La solución, por tanto, pasa por aumentar la educación en nutrición de modo que el consumidor sepa distinguir cuál es una información con rigor y cuál puede obedecer a un interés particular.

Otra cuestión es de dónde surgen estas informaciones. En respuesta, afirma que la mayor parte de los bulos se difunden por Internet y no tienen detrás ni ningún dato que lo sostenga, muchos de gente corriente con ganas de figurar; otras veces están originados por conflictos de intereses entre empresas; mientras que los mitos y creencias obedecen sobre todo a costumbres culturales.

HERRAMIENTAS DE CONTROL

Como norma general una noticia sobre las propiedades de un alimento en un medio de comunicación puede llegar por varias vías. La primera, y la más rigurosa, es aquella que viene directamente de un estudio científico, contrastado por varios profesionales e indexado en una publicación científica reconocida internacionalmente; en segundo lugar, sin tanta verificación de expertos pero no con inferior veracidad existen estudios realizados por grupos de investigación presentados en foros y congresos, de los que se terminan haciendo eco los medios.

En su opinión, es importante que haya un compromiso serio en la trasmisión de la información por parte de todos, y que se tenga claro que una información de prestigio depende, no sólo de dónde se publica, sino también de quién la realiza (autor o autores) y cómo se realiza.

Precisamente, explica, en esto está trabajando la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria que esta viendo cuáles son precisamente las herramientas que le van a dar validez o rigor científico. Gracias a este paso “se va a poder decir que un producto alimentario determinado ha tenido los suficientes respaldos científicos para que una empresa lo pueda etiquetar”, añade.

Esta experta, que defiende el compromiso de la industria por la información veraz, entiende que hay que comprometerse a hacer una crítica de alguna manera a que la información trasmitida se haga de una manera correcta. En este sentido, no hay duda en la información que le llega al consumidor directamente desde la industria, puesto que existe suficientes herramientas regulatorias a nivel europeo que así lo establecen.

El consumidor está protegido con una reglamentación que tiene sus más y sus menos y que tiene mucho por desarrollar todavía. (…) Hay una reglamentación que aún tiene fallos, que es laxa que hay que centrar mucho más, pero en fin de alguna manera hay una reglamentación que está protegiendo al consumidor”, señala haciendo autocrítica.

(Europapress)