Dra. María Jesús Pascual Marcos. Pediatra. Especialista en Gastroenterología y Nutrición Infantil. Actualmente responsable de pediatría del hospital Nisa Aravaca, Madrid. Antes en el Hospital la Zarzuela y la Paz.

En cada sociedad e incluso dentro de cada familia existen unas pautas diferenciadas sobre la manera de alimentarse que finalmente condicionan el estado nutricional de su población. 

Conocer si estas pautas se adaptan a una “forma adecuada de comer” y en caso contrario, modificarlas, es importante para mantener un crecimiento y desarrollo adecuado durante toda la infancia y un buen estado de salud en la edad adulta.

En este sentido es importante la educación del gusto, con la introducción de nuevos alimentos a medida que lo va permitiendo el desarrollo digestivo y neurológico del niño, procurando que “el momento de comer” se convierta en un acto social placentero además del propio hecho nutricional, de tal forma que se consiga una alimentación variada con una adecuada aceptación.

El pescado es un alimento poco aceptado en la infancia y desigualmente introducido en las dietas de las diferentes culturas. Concretamente en la dieta mediterránea se hace un uso extenso de este alimento, aportando variedad  al aporte proteíco de la dieta y nutrientes específicos muy interesantes para la salud.

Es un alimento con similar valor nutritivo al de la carne pero con una mayor proporción de agua, por lo que las raciones pueden ser proporcionalmente mayores. Aporta proteínas de alto valor biológico, así como vitaminas del complejo B, fósforo, hierro, yodo y calcio (sobre todo aquellos pescados que se pueden consumir con espinas) y un mejor perfil graso.

Se introduce en la dieta de los lactantes alrededor de los 9 meses, generalmente después del pollo y la ternera (por su potencial alergénico más elevado y por sus características organolépticas más fuertes) en los triturados de verduras alternando con raciones similares de carne, inicialmente pescados blancos (merluza, gallo, lenguados…) retrasando a los 2-3 años la introducción de pescados azules preferentemente los pequeños  (sardina, boquerón…), por sus características especiales: su mayor contenido en grasa y su alto contenido en mercurio (potencialmente neurotóxico), desaconsejándose el consumo elevado de pescados azules grandes (pez espada, atún rojo, tiburón…).

Se recomienda el consumo de pescado blanco 3 ó 4 veces por semana y de azul 1-2 veces por semana.

La grasa del pescado es especialmente beneficiosa para la salud. El aceite de pescado, junto con el aceite de ciertos frutos secos, son la principal fuente de ácidos grasos omega-3: los pescados azules proporcionan ácidos grasos esenciales docosahexaenoico (DHA) y el ácido eicosapentaenoico (EPA). Ambos ácidos grasos están implicados en la regulación del llamado “riesgo cardiovascular” manteniendo bajos los niveles de triglicéridos en sangre, impidiendo la formación de placas de arterioesclerosis en las arterias y por tanto, colaborando en mantener las cifras de tensión arterial en niveles de normalidad. También parecen tener efecto beneficioso sobre las cifras de colesterol en sangre.

Está en investigación el papel del DHA en problemas neurológicos como el déficit de atención e hiperactividad, así como en patologías como el autismo.

Se han puesto de manifiesto claramente los efectos beneficiosos del consumo de pescado en la salud cardiovascular y también en la mayor longevidad de sus consumidores. Asimismo el consumo de pescado es fundamental en el desarrollo cerebral y de la retina del feto, siendo importante en la dieta de las mujeres embarazadas.  

 

 

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