Aunque se desconoce con certeza su origen, ya hay noticias de esta fruta en el Antiguo Egipto, durante el III milenio A.C. Posteriormente, los árabes la introdujeron en la península. Hoy en día se extiende por los cinco continentes y existen más de 850 variedades.

Los climas cálidos, no demasiado húmedos, son los idóneos para su cultivo. Alcanzan un gran tamaño, entre 1,5 a 2 kg, y poseen una corteza dura. El verano es su mejor época, hasta septiembre.

Es aconsejable conservarlo en el frigorífico, en la parte menos fría, ya que se deteriora rápidamente. Una vez abierto, es recomendable aislarlo con un film transparente para evitar que absorba otros sabores y olores.

Además de ser un excelente postre, se emplea como ingrediente en ensaladas, macedonias, sopas frías y como entrante (con jamón).

Al comprarlos hay que elegir aquellos que no tengan cortes, manchas o golpes en el exterior, o que estén demasiado blandos. Normalmente, los que pesan más son los mejores, los más dulces.

Beneficios nutricionales

Con un 90% de agua, tiene muy pocas calorías –únicamente las procedentes de los azúcares- y poca fibra. Fruta rica en vitamina A, concentrada en la carne anaranjada, vitamina B y vitamina C. Es diurético, elimina toxinas y líquidos: “tajadas de melón, buena purga son”. También, previene las manchas en la piel y aporta minerales como el potasio, magnesio, calcio y hierro. Además, es una de las frutas frescas más ricas en sodio. Está absolutamente recomendado para diabéticos y personas con sobrepeso.

 

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